El Central Ciudad de Caracas: esclavismo e industrialización

Cultura 23 de septiembre de 2023 Tomás Straka – Prodavinci
Tomas Terry Adams
Tomas Terry Adams

Tomás Terry comprendió rápido que aspiraba a algo más que ser dependiente de una bodega. Se compró unas mulas y comenzó a trabajar como arriero entre los distintos poblados de la región, llevando y trayendo mercancías. Logró hacerse así de un capital y pudo comenzar a prestar dinero, lo que le dio buenas ganancias.  La economía de la zona estaba en ebullición y los negocios prosperaban.  Pero nada parecía dar tanto como la trata de esclavos.  La demanda de “piezas de ébano” –tal era el eufemismo que se usaba- era alta, pero por la prohibición de la trata por Gran Bretaña la oferta nunca era suficiente y los precios no dejaban de subir (de hecho, esos millares de esclavos que entraban a Cuba eran básicamente contrabando).  Se fijó entonces de que en el mercado quedaban fríos aquellos esclavos que se consideraba enfermos o muy débiles, a los que podía comprar a precio de remate.  ¿Y si los curaba y después podía venderlos por un mejor precio? La apuesta era alta, pero resultó un completo éxito.

Para nuestra sensibilidad actual, aquello resulta ofensivo y si a algo recuerda es a los experimentos médicos en los campos de concentración nazi.  A tal punto es así, que para los cienfuegueros, que tienen a Terry como héroe, es un asunto muy complicado, y hay investigadores que aseguran que lo de la trata es un mito.  Es más, ya para los más liberales de entonces era lo suficientemente repulsivo como para que el abolicionismo se convirtiera en una gran fuerza en Estados Unidos y Europa.  Pero para el mundo de los esclavistas de los Estados de Sur y de Cuba, no sólo era perfectamente moral, sino de un ingenio increíble.  ¡Aplicar la ciencia moderna para hacer más eficiente a la esclavitud! ¡De eso se trataba esta forma de revolución industrial!  El hecho es que Terry se hizo inmensamente rico.

Exportaba maderas finas, importaba productos, seguía de prestamista, pero la fortuna despegó cuando pudo finalmente entrar en el gran negocio de Cuba: la azúcar.  Le financiaba a los plantadores la zafra, dando por adelantado el dinero de su compra, aunque a un precio menor del estimado en el mercado.  Cuando era recogida, vendía la azúcar en Nueva York a través de su socio Moses Taylor, a precios mucho más altos. El siguiente paso fue convertirse directamente en un miembro de la sacarocracia.  En 1854 se había fundado en Santa Isabel de las Lajas un central azucarero con el nombre de Santa Sabina.  Terry, que llegó a tener siete centrales, en 1862 compró a Santa Sabina y, como buen inmigrante orgulloso, lo rebautizó como Ciudad de Caracas.  Los centrales son establecimientos industriales a los que se lleva la caña de azúcar de varias plantaciones para que se procesen en grandes maquinarias, muchas veces con transporte interno de ferrocarriles y comunidades viviendo en las instalaciones, como en los campos petroleros.  Llegó a ser uno de los centrales más grandes del mundo, con una vía férrea propia de 44 kilómetros y planta eléctrica.

Pero ni el orden colonial ni la esclavitud podían mantenerse por demasiado tiempo, al menos no intactos.  A partir de la década de 1870 Cuba se hunde en una larga guerra de independencia.  Terry, que para entonces era ya tan importante que no puede sustraerse de la política y se incorpora al Partido Liberal Autonomista, que propugnaba reformas graduales (¡y hasta la abolición de la esclavitud!).  En 1866 había sido miembro de la Junta de Información en Madrid, que procuró, infructuosamente implementar reformas.  Sin embargo, se mantiene leal a España y así pudo encontrar nuevas oportunidades de negocios, comprando a bajos precios terrenos confiscados a independentistas.  Pronto pone su atención en Estados Unidos, cuya ciudadanía obtendría eventualmente, y empieza a invertir en Wall Street, sobre todo en ferrocarriles.  En 1884 decidió retirarse.  Al morir en París en 1886, su fortuna  estaba por encima de los 20 millones de pesos (que era más o menos equivalente a la misma cifra en dólares estadounidenses), aunque hay razones para pensar que la cifra, basada en archivos cubanos, no refleja todo lo que poseía ya en el exterior.

Uno de los hijos de Tomás, Juan Pedro Terry, se convirtió en un importante inversionista en Wall Street.  Muy cercano a su padre, la relación entre ambos, no obstante, se deterioró cuando quedó completamente por sus malas decisiones en los negocios y, como remate, por su amor por la irlandesa Kitty Flynn.  Es una parte de la historia que tienen mucho de novela negra y de chisme de alta sociedad.   Kitty tenía todas las características de una guapísima –y, a juzgar por lo que fue capaz, también inteligentísima- cazafortunas.  Su historia haría preocupar a cualquier padre.   Emigró a los Estados Unidos siendo una adolescente y trabajó como camarera en un bar.  Allí conoció nada menos que al famoso ladrón Adam Worth (que inspiraría a James Moriarty, uno de los personajes a los que se enfrenta  Sherlock Holmes). Para más escándalo, la relación al parecer se volvió de tres, ya que el secuaz de Worth, Charley Bullard, también cayó bajo los encantos de Kitty.  Aunque se casó con Bullard, convivió con ambos hombres y nunca se supo cuál era el padre de las dos hijas que procrearon en el ínterin (aunque ambos reclamaron la paternidad).  Juntos, el trío escapó a Europa y siguió cometiendo espectaculares fechorías hasta que Bullard y además quedó al descubierto que era bígamo.  Fue el momento en el que Kitty decidió regresar a Estados Unidos.  Con parte del botín, montó una pensión de para caballeros.

Las cosas no parecían ir demasiado bien, hasta que la fortuna (y su enorme capacidad para aprovecharla) le dio un viraje. El negocio le daba lo justo  para sobrevivir, por lo que un día decidió vender algunos de los cuadros que la decoraban (¿habrán sido también botín de algún robo?).  En la tienda de arte a la que fue, estaba Juan Pedro Terry, que quedó prendado desde el primer momento.  No importó que ella tuviera dos hijas y un problema con un matrimonio que aún debía ser disuelto legalmente; tampoco el escándalo en su familia y la historia de Kitty que, probablemente, fue descubriendo poco a poco y con no poco asombro.  Tan pronto terminó de resolverse lo de la bigamia, se casaron y Juan Pedro asumió incluso la paternidad de las hijas que Kitty (¡vaya que eran afortunadas! A diferencia de otros niños de quienes reniegan sus padres, estas tuvieran tres que peleaban por serlo y además, uno de ellos, era millonario: Kitty debió haber sido una de las mujeres más seductoras de cuantas han existido jamás) .

Todos los testimonios hablan de un matrimonio feliz, que vivió en medio de viajes y lujos.  Las niñas, ahora con el apellido Terry, no tuvieron inconveniente en entrar a la sociedad neoyorkina. Así, aunque el cotilleo nunca abandonó a la familia, una de las muchachas, Katherine Lousie Terry, se casó con el banquero Charles Trippe.  A su hijo lo bautizaría en honor del hombre que había cambiado su destino (y, según parece, del de una tía, por alguna razón que se nos escapa: ¿habrá sido la única del clan de los Terry en aceptarla?).   Cuentos de amor y policiales aparte, esta rama de la familia que desembocó en Pan-American es la más interesante para la historia económica, pero la casta de Tomás Terry, que tuvo ocho hijos, tiene muchas otras ramificaciones, algunas emparentadas con la nobleza francesa, estando entre sus descendientes Anne-Aymone Sauvage de Brantès, primera dama de Francia (fue esposa de Valéry Giscard d’Estaing).

La historia de Tomás Terry deja un resabio extraño.  Es difícil no sentir reservas ante un hombre que se hizo rico con el comercio de esclavos, sobre todo en momentos en los que ya era moral y legalmente condenado por la mayor parte del mundo, y que además lo consiguió comprando enfermos en remate, curándolos y revendiéndolos al doble o triple de lo que pagó.  O que se aprovechó de la derrota de los independentistas cubanos para acrecentar aún más su fortuna. Por otra parte, demuestra que junto a esa cara del capitalismo y la revolución industrial, está la otra de quien produce riqueza para la sociedad, capaz de cambiar de mejorar la vida para muchos: el aeropuerto de Maiquetía o el Central Ciudad de Caracas siguen siendo claves para Venezuela y Cuba, respectivamente; en Cienfuegos el Teatro “Tomás Terry”, levantado en su honor por sus herederos en 1890, sigue siendo un centro cultural importante. Hoy es reivindicado en Cuba como un héroe.  “El Creso cubano”, el venezolano más rico de su época, encarna como pocos la construcción de la modernidad, la historia épica y a la vez terrible, de héroes, genios y criminales, de personajes como Charles Lindbergh y visionarios como Juan Trippe, de filibusteros como Narciso López y revolucionarios como Simón Bolívar, de delincuentes como Adam Worth y negreros como Tomás Terry, de mujeres como Kitty Flynn, imposibles de definir,  que levantaron mucho de lo mejor y de lo peor que somos hoy.

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