Por una vida digna en la vejez, más amor y menos benzodiacepinas

El consumo de benzodiacepinas y, en general, el abuso de fármacos ponen en riesgo la salud de las personas mayores. Realizar una valoración geriátrica integral permite evitar las prescripciones inadecuadas y mejorar su calidad de vida.

Salud y Medicina 01/11/2023 Katya Aurora Rábago Olivares
Vejez
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Todas las personas, en todos los rincones del mundo, estamos sujetos a los efectos del envejecimiento.

Diversos factores favorecen el éxito de este proceso inexorable, y entre ellos se encuentran el acceso a los servicios de salud y el autocuidado, en las esferas física, sociofamiliar y psicológica.

Sin embargo, ciertos hábitos dificultan que afrontemos esta etapa de la existencia con salud y calidad de vida. Dos de los más determinantes son el consumo de psicofármacos como las benzodiacepinas y, en general, el abuso de medicamentos.

Uso y abuso de las benzodiacepinas


Las benzodiacepinas se utilizan para tratar el insomnio y la ansiedad –comunes en las personas de cierta edad–, así como trastornos convulsivos, alcoholismo, hipertensión y colon irritable. Durante períodos cortos, con dosis adecuadas y estrecha vigilancia médica, son de utilidad, pero pueden producir efectos indeseados en las personas mayores de 60 años desde las cuatro semanas de su consumo.

Entre los medicamentos que más toma la gente mayor en países de América Latina se encuentran el Diazepam, con hasta un 78 % de prescripciones (lo que lo convierte en la droga de elección), seguido por el Clonazepam (68 %) y el Lorazepam (25.6 %). Los consumen más las mujeres, entre 61 y un 92.3 %, que en su mayoría se automedican para tratar el insomnio y la ansiedad.

España, según un informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, es el líder mundial del consumo de benzodiacepinas: 110 dosis diarias por 1 000 habitantes en 2020. Por ponerlo en perspectiva, los alemanes ingieren de media 0,04 dosis cada día.

En personas mayores, aún con pautas adecuadas y por tiempos tan cortos como cuatro semanas, este medicamento predispone a generar dependencia. Es decir, que sus efectos “benéficos” en el organismo condicionan a tomarlo durante largos períodos y a dosis más altas.

Los síntomas indeseados asociados a su consumo en el corto plazo son dolor de cabeza, mareos, taquicardia y náuseas. A medio y largo plazo hay que agregar los siguientes: sedación, mareos, vértigo y descoordinación motora, manifestaciones que aumentan el riesgo de caídas y fracturas.

También se registra un deterioro funcional y cognitivo que, si no es detectado y corregido, puede conducir a la demencia. De hecho, quienes toman benzodiacepinas sin estrecha vigilancia y por períodos prolongados tienen un 78 % más de posibilidades de padecerla. Es una condición que afecta a todas las esferas de la persona, disminuyendo considerablemente su calidad de vida.

También se ha encontrado que los citados síntomas aumentan cuando se combinan con más de tres a cinco medicamentos de forma simultánea (la polifarmacia). A continuación abordaremos esta problemática.

Un explosivo cóctel de medicamentos


La polifarmacia se da frecuentemente en la población geriátrica: a mayor edad, más enfermedades y mayor necesidad medicamentos para tratarlas, que no siempre son los adecuados. En todo el mundo se presenta en entre el 5 % y el 78 % de la población, según el país del que hablemos. Por ejemplo, en Estados Unidos afecta al 57 % de sus habitantes, en México, al 65 % y en Europa, al 51 %, asociándose a una mayor mortalidad.

El problema de la polimedicación se debe principalmente a tres factores:

1.- El hecho de acudir a diferentes profesionales de la salud y que cada uno prescriba sus propios tratamientos sin tener en cuenta los ya recetados.

2.- Medicación en cascada, es decir, prescripción de fármacos para tratar los efectos secundarios de los que se están tomando.


3.- Automedicación.


Los principales efectos indeseados de estos “cócteles” farmacológicos son trastornos de la memoria, el sueño y el estado de ánimo, que incluso pueden llegar al delirium y/o cuadros depresivos. También pueden provocar palpitaciones, mareos, vértigo y temblores –que predisponen a la perdida de movilidad y aumentan el riesgo de caídas–, mayores efectos adversos, riesgo de fragilidad y aumento de las consultas, sobre todo de las visitas a servicios de urgencia.

Entonces, ¿qué se puede hacer?


La recomendación es acudir a profesionales de la gerontología para que coordinen a los equipos especializados que atenderán al paciente. Además, el geriatra realizará una valoración integral que permita identificar problemas que pasan desapercibidos en la historia clínica usual.

Con esta herramienta es posible hacer diagnósticos y tratamientos individualizados, evitando el abuso de fármacos y el aumento de hospitalizaciones. Además de mejorar el estado funcional del paciente y disminuir su riesgo de mortalidad, el profesional podrá informarle sobre las pautas de autocuidado. Una excelente manera de mostrar el amor a través de la salud integral.

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