SUMARIO: LA CASA-HUERTA  DE NUESTRAS QUERENCIAS Y RECUERDOS

22 de febrero de 2024 Mario Tovar G.

Ésta y Otras Historias

Mario Tovar - La Doña
“A propósito de conmemorarse hoy, los cuatro meses del viaje eterno de nuestra querida y recordada madre, doña María Sara Gómez Pinto de Tovar, Q.E.P.D”. 

Sumario de la Crónica: Hasta el año 1972 del siglo pasado, nuestra familia habitó en una pequeña casa tradicional, signada con el número 345 por el catástro municipal de la época, construida con paredes bloques de adobe y techos de tejas con caña brava, ubicada en el barrio Palotal del municipio Independencia del estado Yaracuy; sin embargo, sus pequeñas dimensiones eran compensadas al poseer un gran patio, que las laboriosas y experimentadas manos de nuestro difunto padre José Francisco, conocido entre sus afectos cercanos como don Pancho, convirtió en una productiva huerta, que suministraba las vituallas necesarias para complementar nuestro diario yantar. Dentro de este contexto, tal como lo he reseñado en anteriores oportunidades, en este fecundo huerto familiar se recolectaban cosechas de maíz blanco y amarillo, quinchonchos, frijoles, onoto, cambures, berenjenas, tomates, naranjas, aguacates, guayabas, semerucos, auyamas, guanábanas, toronjas, limones y anón, entre otras, que requerían los cuidados de desmalezamiento, riego, abono y erradicación de hormigas, bachacos, así como la vigilancia permanente para evitar que los insaciables maiceros, azulejos, turpiales, demás aves, reptiles y roedores arrasaran dichos sembradíos. 

Siempre he dicho, que pese a las circunstanciales carencias materiales del momento, tuve una infancia feliz disfrutando plenamente de estos espacios, observando minuciosamente, plantas, musgos, flores, insectos, mariposas, cigarras e infinidad de aves, trepando árboles con los amigos del barrio para comer sus gustosos frutos, improvisando variados juegos, construyendo chozas con ramas de oreja de ratón, diseñando canchas deportivas, haciendo caminos y carreteras para nuestros pequeños carritos fabricados con latas de sardina, elevando papagayos, jugando metras, trompos, perinolas, a los dardos o haciendo arcos, flechas, caballitos de madera, bates y pelotas, por reseñar algunos, para emular las acciones de los capítulos de las comiquitas observadas por las tardes en los pocos televisores que tenían algunos vecinos, pagados desde las ventanas abiertas con ese fin, con la única exigencia de no formar algarabías en el lugar; mientras que otras veces se nos permitía entrar a sus recibos para ver televisión sentados en el piso y así no ensuciar sus impecables muebles dispuestos para recibir a los distinguidos visitantes.

Una vez llegada la entrada al primer grado en nuestro añorado Grupo Escolar Independencia, rondando los siete años de edad, se acabaron las interminables horas de juegos, contemplación y ocio en nuestra querida huerta, que sólo disfrutábamos ahora a medio tiempo, los fines de semana, días feriados o en los períodos de vacaciones escolares. Esta hermosa etapa duró hasta los once años de edad, cuando nos vimos en la necesidad de mudarnos a una casa alquilada, debido al deterioro de una pared de nuestra cocina, lo que ameritaba profundos arreglos de la casa, muy costosos para el momento, ya que según los expertos alarifes consultados, era más económico derrumbar nuestra pequeña casita de otrora y construir una nueva, que iniciar una difícil reconstrucción, tras lo cual mis hermanos mayores decidieron esta última opción; razón por la cual vivimos alquilados por unos veinte años aproximadamente, hasta que se dieron las condiciones económicas gracias al aporte de todos los hermanos para iniciar la nueva edificación, que pasado el tiempo nos ofreció la oportunidad de regresar a la antigua casa-huerta de nuestras querencias y recuerdos, ya sin muchos de los árboles originales, quienes fueron sustituidos por otros similares, excepto el nonagenario semeruco y el viejo onoto que aún están en pie, que nos proveen en hogaño selectas cargas de limones, guayabas, guanábanas, aguacates y cambures, como en otrora. Finalmente, en ese interín de 20 años fuera de la casa materna, fallece nuestro padre don Pancho en 1986, con 91 años a cuestas; mientras que doña María si pudo pasar sus últimos años en la nueva casa, donde falleció a los 97 años, el 19 de octubre del año pasado, rodeada del amor de sus hijos, familiares cercanos, parientes y vecinos quienes nos acompañaron solidariamente en hora aciaga. Descansa en paz, querida y recordada madre. Hoy como ayer, la casa-huerta de nuestra infancia, se mantiene fértil por la gracia de Dios. Amén.

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